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Categoría: Reflexión Semanal
Publicada el: 22 de Diciembre de 2008

La diferencia entre Felices Fiestas y Feliz Navidad

Fuente: Federico Müggenburg



Los últimos años se ha venido acentuando drásticamente en estas fechas cercanas a la Navidad y al fin del año, el decir y el escuchar secamente ¡Felices Fiestas!, a diferencia de lo que predominaba y era casi unánime expresión: ¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo! Es más, los adornos de las principales calles en casi todas las urbes del mundo, al menos del mundo occidental, las entradas y las salas de las casas, los aparadores de las tiendas, los anuncios espectaculares, los intercambios de tarjetas de felicitación enviadas por correo, así como los mensajes en radio y televisión, eran explícitamente cristianos, siempre acompañados de música y/o letra de canciones inequívocamente navideñas, con las expresiones y citas tomadas de los textos sagrados, principalmente de los evangelios, usando siempre las figuras clásicas y pedagógicas de los nacimientos con la Sagrada Familia, Jesús, María y José, los ángeles, los pastores y los tres Reyes Magos con sus tan característicos atuendos y medios de transporte.

El proceso de la desacralización y la paganización se hacen evidentes principalmente por la desintegración de la familia, institución que está en la base de estos y otros innumerables fenómenos antiguos y contemporáneos y por ello es que, a algunos les resulta molesto hacer referencia a que todos los acontecimientos humanos sólo tienen explicación en función de su relación con los acontecimientos divinos. De la celebración y conmemoración del nacimiento del Hijo de Dios, el 25 de diciembre de cada año, desde hace 2009 años, cuando Dios se hace humano y viene al mundo para "divinizarnos" y redimirnos de la desgracia de haber perdido el sentido y la razón del ser y del destino común, de todos y cada uno de los seres humanos.

Por eso es que hay quienes ya no quieren acordarse ni quieren oír hablar de la verdad, la realidad, la profundidad y el significado de un misterio que se amaba y se cultivaba desde la más tierna infancia en el seno de la familia, al contemplar la puesta del nacimiento casero, que por más rústico que fuera, expresaba a través de la sencillez y la ternura de un niño de nombre Jesús, que
siendo Dios, nacía hombre en el pesebre de un mísero establo, en la periferia de un pobre pueblito llamado Belén, de una mujer Virgen y Madre, llamada María, ante un testigo privilegiado llamado José, en una noche fría y silenciosa, pero de trascendencia definitiva, ya que a partir de ese momento la historia humana quedó definida en un antes y un después. Ahí la historia humana entró de lleno en la historia divina, para convertirse en una sola historia, la de la salvación humana, hasta que llegue el fin de los tiempos, esto es, hasta que se complete el número de los invitados a participar en la vida plena, que está más allá de esta vida terrena.

Esta vida temporal, originada por el amor inicial del Padre Creador con la feliz cooperación de nuestros padres terrenales; adquiere un sentido nuevo, por el amor reconciliador del Hijo Redentor, en lo que resulta ser un proceso de preparación para retornar a la casa del Padre, impulsados en el trayecto de esta vida terrena, por el amor consumador del Espíritu Vivificador.

La Navidad es un acontecimiento real de la historia de la salvación y de la historia humana, como lo es la Pascua, que contempla y renueva cada año en la misma forma, la pasión, muerte y resurrección de Jesús, identificado en la persona de Cristo, que vino a liberar, reconciliar y salvar igualmente a los pobres que a los ricos, a los ignorantes que a los sabios, a los enfermos que a
los sanos, a los cautivos que a los libres, a los súbditos que a las autoridades, a los laicos que a los consagrados, a los jóvenes que a los viejos, a los hombres que a las mujeres, pero sobre todo
y preferencialmente a los pecadores, que arrepentidos, buscamos en el perdón la reparación del daño causado por nuestras faltas.

El mundo de estos días, confundido por la crisis de identidad de su sentido histórico trascendente se pregunta: ¿a dónde va la globalización?, si es que tiene que ir para alguna parte. Se pregunta la causa de los actuales desórdenes financieros y les busca solución, con las reuniones del G-20. Considera que la técnica no ha bastado para solucionar los problemas, porque olvidó que la ética debe subordinar a aquella. Y además parece que poco se acuerda que, antes de todos estos aspectos que podrían ser secundarios, está la libertad humana defectuosa, pero reparable; de las pasiones humanas desordenadas, pero enderezables; y de los apetitos desproporcionados, pero proporcionables. La auténtica libertad, se nos ha dado para buscar la verdad y la verdad está inscrita en el corazón, que empezó a descubrir la realidad a través de una lectura normalmente iniciada en la infancia, cuando los padres deletrean a cada hijo o niño, las primeras reglas de las virtudes en la vida y así son conocidas, aprendidas, practicadas y amadas en carne propia.

No por el hecho de que algunos hayan optado por suprimir la identidad de la Navidad, diluida en "fiestas", por las razones que les hayan parecido "las más adecuadas y oportunas", ya fueran las
incongruencias de vida personal, las dificultades cuasi insuperables para dar el testimonio de fe, las convicciones del triunfo del laicismo galopante actual, o la aceptación resignada de la dictadura del relativismo, no podemos dejar de saludar y felicitar con las tradicionales expresiones, cargadas del más completo y profundo significado cristiano. ¡Feliz Navidad de 2008! a todos nuestros amables y pacientes amigos y lectores.

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